lunes, 23 de julio de 2018


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Adaptación de la fábula de Tomás de Iriarte

En una ciudad del sur de España había un caballero muy rico, riquísimo, que vivía rodeado de todos los lujos y comodidades  que uno pueda imaginar. Sus negocios le permitían disfrutar de un montón de caprichos, como una casa rodeada de jardines y  sirvientes que le hacían reverencias a todas horas. Poseía caballos, valiosas obras de arte y su mesa siempre estaba repleta de manjares  y frutas exóticas venidas de los lugares más lejanos del mundo.
De todas las posesiones que tenía, había una por la que sentía especial cariño: una mona muy simpática que un amigo le había traído de África. Como era un hombre soltero y sin ocupaciones importantes, se dedicaba a cuidarla y a jugar con ella todo el día. La tenía tan consentida que la sentaba con él a la mesa, le desenredaba el pelo con peine de marfil y la dejaba dormir junto a la chimenea sobre cojines de seda ¡Ni la mismísima reina vivía mejor!
Por si esto fuera poco la monita era muy presumida, así que el amo a menudo le regalaba broches, lazos y todo tipo de adornos para que se sintiera la más guapa del mundo.
Cuenta la historia que un día de verano se fue de compras y apareció en la casa con un vestido ideal. Estaba confeccionado con telas de colores brillantes y tenía dos volantes de encaje que quitaban el hipo. La mona se lo puso entusiasmada y fue corriendo a verse en el espejo.
– ¡Oh, es increíble, pero qué requeteguapa estoy!
La muy coqueta se colocó sobre la cabeza un sombrerito de fieltro azul y se encontró tan, tan elegante, que pensó que todo el mundo tenía que verla. Por eso, sin pensar bien las consecuencias, tomó una alocada decisión: escaparse por la ventana  esa misma noche y cruzar el estrecho de Gibraltar para llegar a África. Su destino era Tetuán, la tierra en la que había nacido y donde aún vivían sus familiares y amigos de la infancia.
Mientras se alejaba de su confortable vida, por su cabeza sólo rondaba un pensamiento:
– ¡Quiero que todos mis conocidos  vean lo guapa y estilosa que soy! ¡Me lanzarán miles de piropos y seré la envidia de todas!
No se sabe muy bien cómo lo hizo, pero el caso es que al amanecer, la mona  apareció por sorpresa ante todos sus congéneres. Como había imaginado, la rodearon boquiabiertos y ella se pavoneó de aquí para allá como si fuera un pavo real. Monas de todas las edades comenzaron a aplaudir y a exclamar admiradas.
– ¡Oh, qué guapa está!
– ¡Qué vestido tan bonito! ¡Debe ser carísimo!
– ¡Qué envidia!… ¡Nosotras desnudas y ella luciendo un atuendo digno de una princesa!
La orgullosa mona estaba encantada con el recibimiento. Notaba que había causado sensación y que hablaban de ella como si fuera alguien realmente importante ¡Escuchar continuos halagos le producía tanto placer!…
– Debe ser una mona muy famosa en España, porque esas ropas no las lleva cualquiera.
– Sí, seguro que sí… ¡Qué fina es y qué gracia tiene al andar!
– ¡Además tiene pinta de ser muy inteligente! ¡A lo mejor es la presidenta de España y nosotros sin enterarnos!
La fascinación que ejercía sobre todos era evidente porque incluso los machos del clan tampoco pudieron resistirse a sus encantos. De hecho uno de ellos, el mono más viejo y más sabio, tuvo una idea que quiso compartir con los demás. Se subió a una roca y alzó la voz.
– Como sabéis, hoy hemos tenido el honor de recibir a una miembro destacada de la comunidad que, por lo que se ve, ha llegado muy lejos en la vida. Mañana partiremos todos hacia el sur del continente y propongo que sea nuestra ilustre invitada quien dirija la expedición.
¡El aplauso fue unánime! ¡Qué idea tan buena! A nadie se le ocurría un candidato mejor para guiarles en un viaje tan largo y arriesgado.
Cuando amaneció, todas las familias de monos con sus crías a las espaldas  iniciaron una larga caminata con la pizpireta mona al frente. Por supuesto tomó el mando encantada de ser la protagonista  y les fue llevando por donde mejor le pareció: atravesó bosques, valles, desiertos, ríos y fangosos pantanos, pero lo único que consiguió, fue perderse. Su sentido de la orientación era nulo y no tenía ni idea de cómo llevar al grupo a su destino.
Lo que iba a ser un viaje de pocas horas se convirtió en un horrible periplo de una semana. Los pobres animales vagaron durante días de un lado a otro, sin comida, escasos de agua y con magulladuras por todo el cuerpo. Cuando por fin llegaron al sur de África, las familias estaban agotadas y con la sensación de que no habían perdido la vida de milagro.
El anciano mono, como líder que era, volvió a dirigirse a la manada.
– ¡Llegar hasta aquí casi nos cuesta un disgusto! Nos hemos dejado engatusar por la belleza y elegancia de esta mona en vez de por su experiencia. Dimos por sentado que, como era una mona distinguida, también era una mona inteligente. De todo esto, debemos sacar una enseñanza: las apariencias engañan y al final, siempre se descubre lo que uno es en realidad.
La mona, avergonzada, se quitó sus lujosas ropas y reconoció su ignorancia. No por ser más hermosa y vestir ropas carísimas dejaba de ser una mona como todas las demás.  A partir de ese día se integró con humildad en el grupo y regresó a la vida que le correspondía junto a los  de su especie.
Moraleja: Cada persona es como es. Todos debemos sentirnos orgullosos de nuestras cualidades, pero no tiene sentido tratar de aparentar que poseemos talentos y habilidades que no tenemos. Y es que con razón dice el refrán: “Aunque la mona se vista de seda, mona se queda”.

Las dos culebras


Fábula Las dos culebras


Adaptación de una antigua fábula de China

Había una vez dos culebras que vivían tranquilas y felices en las aguas estancadas de un pantano. En este lugar tenían todo lo que necesitaban: insectos y pequeños peces para comer, sitio de sobra para moverse y humedad suficiente para mantener brillantes y en buenas condiciones sus escamas.
Todo era perfecto, pero sucedió  que llegó una estación más calurosa de lo normal y el pantano comenzó a secarse. Las dos culebras intentaron permanecer allí a pesar de que  cada día la tierra se resquebrajaba y se iba agotando el agua para beber. Les producía mucha tristeza  comprobar que su enorme y querido pantano de aguas calentitas se estaba convirtiendo en una mísera charca, pero era el único hogar que conocían y no querían abandonarlo.
Esperaron y esperaron las deseadas lluvias, pero éstas no llegaron. Con mucho dolor de corazón,  tuvieron que tomar la dura decisión de buscar otro lugar para vivir.
Una de ellas, la culebra de manchas oscuras, le dijo a la culebra de manchas claras:
– Aquí solo ya solo quedan piedras y barro. Creo, amiga mía, que debemos irnos ya o moriremos deshidratadas.
– Tienes toda la razón, vayámonos ahora mismo. Tú ve delante, hacia el norte, que yo te sigo.
Entonces, la culebra de manchas oscuras, que era muy inteligente y cautelosa, le advirtió:
– ¡No, eso es peligroso!
Su compañera  dio un respingo.
– ¿Peligroso? ¿Por qué lo dices?
La sabia culebra se lo explicó de manera muy sencilla:
– Si vamos en fila india los humanos nos verán y nos cazarán sin compasión ¡Tenemos que demostrar que somos más listas que ellos!
– ¿Más listas que los humanos? ¡Eso es imposible!
– Bueno, eso ya lo veremos. Escúchame atentamente: tú te subirás sobre mi lomo pero con el cuerpo al revés y así yo meteré mi cola en tu boca y tú tu cola en la mía. En vez de dos serpientes pareceremos un ser extraño, y como los seres humanos siempre tienen miedo a lo desconocido, no nos harán nada.
– ¡Buena idea, intentémoslo!
La culebra de manchas claras se encaramó sobre la culebra de manchas oscuras y cada una sujetó con la boca la cola de la otra. Unidas de esa forma tan rara, comenzaron a reptar.  Al moverse sus cuerpos se bamboleaban cada uno para un lado formando una especie de ocho que se desplazaba sobre la hierba.
Como habían sospechado, en el camino se cruzaron con varios campesinos y cazadores, pero todos, al ver a un animal tan enigmático, tan misterioso, echaron a correr muertos de miedo, pensando que se trataba de un demonio o un ser de otro planeta.
El inteligente plan funcionó, y al cabo de varias horas, las culebras consiguieron su objetivo: muy agarraditas, sin soltarse ni un solo momento, llegaron a tierras lluviosas y fértiles donde había agua y comida en abundancia. Contentísimas, continuaron tranquilas con su vida en este nuevo y acogedor lugar.
Moraleja: Si alguna te surge un problema,  lo mejor que puedes hacer es analizar todas las ventajas e inconvenientes  de la situación. Si piensas las cosas con tranquilidad y sabiduría, seguro que encontrarás una buena solución.

El árbol que no sabía quién era


Fábula El árbol que no sabía quién era


Adaptación de una antigua fábula de Oriente

Había una vez un jardín muy hermoso en el que crecían todo tipo de árboles maravillosos. Algunos daban enormes naranjas llenas de delicioso jugo; otros riquísimas peras que parecían azucaradas de tan dulces que eran. También había árboles repletos de dorados melocotones que hacían las delicias de todo aquel que se llevaba uno a la boca.
Era un jardín excepcional y los frutales se sentían muy felices. No sólo eran árboles sanos, robustos y bellos, sino que además, producían las mejores frutas que nadie podía imaginar.
Sólo uno de esos árboles se sentía muy desdichado porque, aunque sus ramas eran grandes y muy verdes, no daba ningún tipo de fruto. El pobre siempre se quejaba de su mala suerte.
– Amigos, todos vosotros estáis cargaditos de frutas estupendas, pero yo no. Es injusto y ya no sé qué hacer.
El árbol estaba muy deprimido y todos los días repetía la misma canción. Los demás le apreciaban mucho e intentaban que recuperara la alegría con palabras de ánimo. El manzano, por ejemplo, solía hacer hincapié en que lo importante era centrarse en el problema.
– A ver, compañero, si no te concentras, nunca lo conseguirás. Relaja tu mente e intenta dar manzanas ¡A mí me resulta muy sencillo!
Pero el árbol, por mucho que se quedaba en silencio y trataba de imaginar verdes manzanas naciendo de sus ramas, no lo conseguía.
Otro que a menudo le consolaba era el mandarino, quien además insistía en que probara a dar mandarinas.
– A lo mejor te resulta más fácil con las mandarinas ¡Mira cuántas tengo yo! Son más pequeñas que las manzanas y pesan menos… ¡Venga, haz un esfuerzo a ver si lo logras!
Nada de nada; el árbol era incapaz y se sentía fatal por ser diferente y poco productivo.
Un mañana un búho le escuchó llorar amargamente y se posó sobre él. Viendo que sus lágrimas eran tan abundantes que parecían gotas de lluvia, pensó que algo realmente grave le pasaba. Con mucho respeto, le habló:
– Perdona que te moleste…  Mira, yo no sé mucho acerca de los problemas que tenéis los árboles pero aquí me tienes por si quieres contarme qué te pasa. Soy un animal muy observador y quizá pueda ayudarte.
El árbol suspiró y confesó al ave cuál era su dolor.
– Gracias por interesarte por mí, amigo. Como puedes comprobar en este jardín hay cientos de árboles, todos bonitos y llenos de frutas increíbles excepto yo… ¿Acaso no me ves?  Todos mis amigos insisten en que intente dar manzanas, peras o mandarinas, pero no puedo ¡Me siento frustrado y enfadado conmigo mismo por no ser capaz de crear ni una simple aceituna!
El búho, que era muy sabio comprendió el motivo de su pena y le dijo con firmeza:
– ¿Quieres saber mi opinión sincera?  ¡El problema es que no te conoces a ti mismo! Te pasas el día haciendo lo que los demás quieren que hagas y en cambio no escuchas tu propia voz interior.
El árbol puso cara de extrañeza.
– ¿Mi voz interior? ¿Qué quieres decir con eso?
– ¡Sí, tu voz interior! Tú la tienes, todos la tenemos, pero debemos aprender a escucharla. Ella te dirá quién eres tú y cuál es tu función dentro de este planeta. Espero que medites sobre ello porque ahí está la respuesta.
El búho le guiñó un ojo y sin decir ni una palabra más alzó el vuelo y se perdió en la lejanía.
El árbol se quedó meditando y decidió seguir el consejo del inteligente búho. Aspiró profundamente varias veces para liberarse de los pensamientos negativos e intentó concentrarse en su propia voz interior. Cuando consiguió desconectar su mente de todo lo que le rodeaba, escuchó al fin una vocecilla dentro de él que le susurró:
– Cada uno de nosotros somos lo que somos ¿Cómo pretendes dar peras si no eres un peral? Tampoco podrás nunca dar manzanas, pues no eres un manzano, ni mandarinas porque no eres un mandarino. Tú eres un roble y como roble que eres estás en el mundo para cumplir una misión distinta pero muy importante: acoger a las aves entre tus enormes ramas y dar sombra a los seres vivos en los días de calor ¡Ah, y eso no es todo! Tu belleza  contribuye a alegrar el paisaje y eres una de las especies más admiradas por los científicos y botánicos ¿No crees que es suficiente?
En ese momento y después de muchos meses, el árbol triste se alegró. La emoción recorrió su  tronco porque al fin comprendió quién era y que tenía una preciosa y esencial labor que cumplir dentro de la naturaleza.
Jamás volvió a sentirse peor que los demás y logró ser muy feliz el resto de su larga vida.
Moraleja: Cada uno de nosotros tenemos unas capacidades diferentes  que nos distinguen de los demás. Trata de conocerte a ti mismo y de sentirte orgulloso de lo que eres en vez tratar de ser lo que los demás quieren que seas.

El águila y la tortuga




Fábula El águila y la tortuga
Adaptación de la fábula de Samaniego

Érase una vez una tortuga que vivía muy cerca de donde un águila tenía su nido. Cada mañana observaba a la reina de las aves y se moría de envidia al verla volar.
– ¡Qué suerte tiene el águila! Mientras yo me desplazo por tierra y tardo horas en llegar a cualquier lugar, ella puede ir de un sitio a otro en cuestión de segundos ¡Cuánto me gustaría tener sus magníficas alas!
El águila, desde arriba, se daba cuenta de que una tortuga siempre la seguía con la mirada, así que un día se posó a su lado.
– ¡Hola, amiga tortuga! Todos los días te quedas pasmada contemplando lo que hago ¿Puedes explicarme a qué se debe tanto interés?
– Perdona, espero no haberte parecido indiscreta… Es tan sólo que me encanta verte volar ¡Ay, ojalá yo fuera como tú!
El águila la miró con dulzura e intentó animarla.
– Bueno, es cierto que yo puedo volar, pero tú tienes otras ventajas; ese caparazón, por ejemplo, te protege de los enemigos mientras que yo voy a cuerpo descubierto.
La tortuga respondió con poco convencimiento.
– Si tú lo dices… Verás, no es que me queje de mi caparazón pero no se puede comparar con volar ¡Tiene que ser alucinante contemplar el paisaje desde el cielo, subir hasta las nubes, sentir el aire fresco en la cara y escuchar de cerca el sonido del viento justo antes de las tormentas!
La tortuga tenía los ojos cerrados mientras imaginaba todos esos placeres, pero de repente los abrió y en su cara se dibujó una enorme sonrisa ¡Ya sabía cómo cumplir su gran sueño!
– Escucha, amiga águila ¡se me ocurre una idea!  ¿Qué te parece si me enseñas a volar?
El águila no daba crédito a lo que estaba escuchando.
– ¿Estás de broma?
– ¡Claro que no! ¡Estoy hablando completamente en serio! Eres el ave más respetada del cielo y no hay vuelo más estiloso y elegante que el tuyo ¡Sin duda eres la profesora perfecta para mí!
El águila no hacía más que negar con la cabeza mientras escuchaba los desvaríos de la tortuga ¡Pensaba que estaba completamente loca!
– A ver, amiga, déjate de tonterías…  ¿Cómo voy a enseñarte a volar? ¡Tú nunca podrás conseguirlo! ¿Acaso no lo entiendes?… ¡La naturaleza no te ha regalado dos alas y tienes que aceptarlo!
La testaruda tortuga se puso tan triste que de sus ojos redondos como lentejitas brotaron unas lágrimas que daban fe de que su sufrimiento era verdadero.
Con la voz rota de pena continuó suplicando al águila que la ayudara.
– ¡Por favor, hazlo por mí! No quiero dejar este mundo sin haberlo intentado. No tengo alas pero estoy segura de que al menos podré planear como un avión de papel ¡Por favor, por favor!
El águila ya no podía hacer nada más por convencerla. Sabía que la tortuga era una insensata pero se lo pedía con tantas ganas que al final, cedió.
– ¡Está bien, no insistas más que me vas a desquiciar! Te ayudaré a subir pero tú serás la única responsable de lo que te pase ¿Te queda claro?
– ¡Muy claro! ¡Gracias, gracias, amiga mía!
El águila abrió sus grandes y potentes garras y la enganchó por el caparazón. Nada más  remontar el vuelo, la tortuga se volvió loca de felicidad.
– ¡Sube!… ¡Sube más que esto es muy divertido!
El águila ascendió  más alto, muy por encima de las copas de los árboles y dejando tras de sí los picos de las montañas.
¡La tortuga estaba disfrutando como nunca! Cuando se vio lo suficientemente arriba, le gritó:
– ¡Ya puedes soltarme!  ¡Quiero planear surcando la brisa!
El águila no quiso saber nada pero obedeció.
– ¡Allá tú! ¡Que la suerte te acompañe!
Abrió las garras y, como era de esperar, la tortuga cayó imparable a toda velocidad contra el suelo ¡El tortazo fue mayúsculo!
– ¡Ay, qué dolor! ¡Ay, qué dolor! No puedo ni moverme…
El águila bajó en picado y comprobó el estado lamentable en que su amiga había quedado. El caparazón estaba lleno de grietas, tenía las cuatro patitas rotas y su cara ya no era verde, sino morada. Había sobrevivido de milagro pero tardaría meses en recuperarse de las heridas.
El águila la incorporó y se puso muy seria con ella.
– ¡Traté de avisarte del peligro y no me hiciste caso, así que aquí tienes el resultado de tu estúpida idea!
La tortuga, muy dolorida, admitió su error.
– ¡Ay, ay, tienes razón, amiga mía!  Me dejé llevar por la absurda ilusión de que las tortugas también podíamos volar y me equivoqué. Lamento no haberte escuchado.
Así fue cómo la tortuga comprendió que era tortuga y no ave, y que como todos los seres vivos, tenía sus propias limitaciones. Al menos el porrazo le sirvió de escarmiento y, a partir de ese día, aprendió a escuchar los buenos consejos de sus amigos cada vez que se le pasaba por la cabeza cometer alguna nueva locura.
Moraleja: La tortuga despreció la advertencia de su prudente amiga y las consecuencias fueron desastrosas. Esta fábula nos enseña que en la vida, antes de actuar, debemos valorar los consejos de la gente buena y sensata que nos quiere.

La asamblea de las herramientas


Fábula de La asamblea de las herramientas


Adaptación de una fábula de origen desconocido

Según cuenta una curiosa fábula, un martillo, un tornillo y un trozo de papel de lija decidieron organizar una reunión para discutir algunos problemas que habían surgido entre ellos. Las tres herramientas, que eran amigas, solían tener peleas a menudo, pero esta vez la cosa pasaba de castaño oscuro y era urgente acabar con las disputas.
A pesar de su buena disposición inicial pronto surgió un problema: chocaban tanto que ni siquiera eran capaces de acordar quién tendría el honor de dirigir el debate.
En un principio el tornillo y la lija pensaron que el mejor candidato era el martillo, pero en un pispás cambiaron de opinión. El tornillo no se cortó un pelo y explicó sus motivos.
– Mira, pensándolo bien, martillo, no debes  ser tú el que dirija la asamblea ¡Eres demasiado ruidoso, siempre golpeándolo todo! Lo siento, pero no serás el elegido.
¡El martillo se enfadó muchísimo porque se sentía perfectamente capacitado para el puesto de moderador!
Rabioso, contestó:
– Con que esas tenemos ¿eh? Pues si yo no puedo, tornillo miserable, tú tampoco ¡Eres un inepto y sólo sirves para girar y girar sobre ti mismo como un tonto!
¡Al tornillo le pareció fatal lo que dijo el martillo! Se sintió tan airado que, por unos segundos, el metal de su cuerpo se calentó y se volvió de color rojo.
A la lija le pareció una situación muy cómica y le dio un ataque de risa que, desde luego, no sentó nada bien a los otros dos.
El tornillo, muy irritado, le increpó:
– ¿Y tú de qué te ríes, estúpida lija? ¡Ni en sueños pienses que tú serás la presidenta de la asamblea! Eres muy áspera y acercarse a ti es muy desagradable porque rascas ¡No te mereces un cargo tan importante y me niego a darte el voto!
El martillo estuvo de acuerdo y sin que sirviera de precedente, le dio la razón.
– ¡Pues hala, yo también me niego!
¡La cosa se estaba poniendo muy pero que muy fea y estaban a punto de llegar a las manos!
Por suerte, algo inesperado sucedió: en ese momento crucial… ¡entró el carpintero!
Al notar su presencia, las tres herramientas enmudecieron y se quedaron quietas como estacas. Desde sus puestos observaron cómo, ajeno a la bronca, colocaba sobre el suelo varios trozos de madera de haya y se ponía a fabricar una hermosa mesa.
Como es natural, el hombre necesitó utilizar diferentes utensilios para realizar el trabajo: el martillo para golpear los clavos que unen las diferentes partes, el  tornillo hacer agujeros,  y el trozo de lija para quitar las rugosidades de la madera y dejarla lustrosa.
La mesa quedó fantástica, y al caer la noche, el carpintero se fue a dormir. En cuanto reinó el silencio en la carpintería, las tres herramientas se juntaron para charlar, pero esta vez con tranquilidad y una actitud mucho más positiva.
El martillo fue el primero en alzar la voz.
– Amigos, estoy avergonzado por lo que sucedió esta mañana. Nos hemos dicho cosas horribles que no son ciertas.
El tornillo también se sentía mal y le dio la razón.
– Es cierto… Hemos discutido echándonos en cara nuestros defectos cuando en realidad todos tenemos virtudes que merecen la pena.
La lija también estuvo de acuerdo.
– Si, chicos, los tres valemos mucho y los tres somos imprescindibles en esta carpintería ¡Mirad qué mesa tan chula hemos construido entre todos!
Tras esta reflexión, se dieron un fuerte abrazo de amistad. Formaban un gran equipo y jamás volvieron a tener problemas entre ellos.

Moraleja: Valora siempre tu propio trabajo pero no olvides que el que hacen otros es igual de importante que el tuyo. Todas las personas tenemos muchas cosas buenas que aportar a nuestro entorno y a los demás.

Las cabras y el cabrero


Fábula Las cabras y el cabrero


Adaptación de la fábula de Esopo

Esta es la pequeña historia de un cabrero que todas las mañanas, en cuanto amanecía, salía de la granja seguido de sus cabras para que comieran hierba fresca en el campo.
Un día, mientras las vigilaba, doce cabras montesas que vivían sin dueño saltando entre los peñascos se acercaron a las suyas con toda tranquilidad. Le sorprendió gratamente ver cómo unas y otras se mezclaban pacíficamente y compartían el pasto como si se conocieran de toda la vida.
Pasado un ratito se dio cuenta de que ante sus narices tenía una oportunidad de oro que debía aprovechar.
– ¡Esto es genial! Ya que se llevan tan bien me las llevaré todas y así tendré muchas más en el rebaño.
Con el bastón las arremolinó junto a él y las fue dirigiendo hasta la granja. Tanto las domésticas como las salvajes obedecieron sin rechistar, entraron en el establo ordenadamente y pasaron la noche juntitas.
A la mañana siguiente el pastor se levantó y tomó un abundante desayuno a base de leche, pan y jamón. Después se aseó, se colocó un sombrero de paja, y agarró con firmeza el bastón de pastorear. Con paso firme se acercó al establo, pero cuando iba a sacar a las cabras, estalló una enorme tormenta.
– ¡Vaya, qué contrariedad! Me temo que hoy no podréis salir, cabritas mías.
Tenía que dar de comer a los animales pero con la lluvia era imposible llevarlas a pastar. La única solución era cambiar el menú del día y darles heno del que tenía reservado para el invierno.
– Tranquilas, tengo hierba seca guardada en el almacén ¡Ahora mismo os la traigo!
El hombre regresó con una carretilla llena de forraje y lo repartió pero no de forma equitativa: dio un puñado a cada una de sus cabras y tres puñados a cada cabra montesa.
– Sois mis invitadas y quiero que os sintáis a gusto aquí porque ahora ésta es vuestra casa ¡Os necesito y no quiero que os vayáis!
De esta manera sus cabras comieron lo justo mientras las otras disfrutaron de una enorme ración.
Pasó el día, pasó la noche, y a la mañana siguiente la tormenta había desaparecido dejando paso a un brillante y cálido sol. El pastor acudió al establo y abrió la gruesa puerta de madera.
– ¡Venga, chicas, que hoy sí que nos vamos al prado! ¡Ayer llovió mucho y hoy la hierba estará más húmeda y exquisita que nunca!
Dando pasitos cortos todas las cabritas abandonaron el establo rumbo al campo. Ya en el lugar elegido las del pastor se pusieron a comer con ansiedad mientras que las montesas, viéndose libres, salieron corriendo para regresar a la montaña donde siempre habían vivido.
El pastor se quedó pasmado viendo cómo desaparecían en la lejanía y se enfureció.
– ¡Desagradecidas, sois unas desagradecidas! ¡Os he dado más comida que a mis propias cabras y me lo pagáis así!… ¡Qué poca vergüenza tenéis!
Una de las cabras fugitivas escuchó sus palabras y le dijo desde lo alto de una roca:
– ¡Estás muy equivocado, pastor! ¡La culpa de que nos vayamos es tuya!
El hombre se sintió más enfadado todavía.
– ¿Qué la culpa es mía? ¿¡Pero cómo te atreves a decirme eso!?
La cabra montesa le miró a los ojos y sin pestañear, le gritó:
– Sí, tuya porque tu comportamiento fue injusto y ya no confiamos en ti. A las cabras que llevan tantos años contigo les diste menos comida que a nosotras cuando ni siquiera conoces. Si nos quedásemos a vivir contigo y un día llegaran otras cabras desconocidas tú las tratarías mejor a ellas que a nosotras. Perdona que te lo diga, pero en la vida, los seres más queridos son lo primero.
El pastor no pudo replicar nada porque entendió que había cometido un error garrafal. La cabra tenía razón, pero ya era tarde. Inmóvil y en silencio, contempló cómo ella y sus saltarinas compañeras se largaban felices por haber recuperado su libertad.
Moraleja: No confíes en las personas que te prometen o te dan lo mejor a ti dejando de lado a sus verdaderos amigos. Si no son buenos con la gente que más quieren, tampoco lo serán contigo.

Las ranas contra el sol


Fábula Las ranas contra el sol


Adaptación de la fábula de Fedro

Hace millones y millones de años, cuando el mundo comenzaba a ser como hoy lo conocemos, el sol se aburría soberanamente.
Hay que tener en cuenta que por aquel entonces era un astro muy joven y en plenas facultades físicas, por lo que las horas allá arriba se le hacían eternas ¡Estaba más que harto  de vivir solo y sin poder hacer nada divertido! Pero sobre todas las cosas, lo que más añoraba era vivir un gran amor y compartir su vida con alguien que le quisiera.
Un día se armó de valor y tomó una decisión muy importante: se casaría cuanto antes con una hermosa y reluciente estrellita del cielo.
El rumor de la futura boda se extendió por todo el universo y cómo no, llegó a la tierra.
¡Menudo revuelo se formó en nuestro planeta! Todos los animales se alegraron mucho al saber que el sol se había comprometido y le desearon toda la felicidad del mundo, pero hubo una excepción: las ranas moteadas que vivían en una pequeña charca se pusieron a gritar con espanto nada más escuchar la noticia.
La más pequeña de todas, exclamó:
– ¡Oh, no, eso no puede ser! ¡No podemos consentirlo!
La que estaba a su lado también dijo horrorizada:
– ¡Esa boda no puede celebrarse! ¡Tenemos que impedirla como sea!
Una tras otra fueron expresando su malestar  hasta que la más anciana de las ranas sentenció:
– Se trata de un tema peliagudo que hay que resolver. Vamos a hablar con el dios Júpiter y que sea él quien ponga fin a esta barbaridad.
Dando brincos se dirigieron al hogar donde vivía el gran dios, que como siempre, las recibió con los brazos abiertos.
– Veo que venís muy alborotadas y nerviosas ¿Queréis explicarme con tranquilidad qué sucede? ¡Supongo que será algo importante para presentaros en mi casa a la hora de cenar dando alaridos como si os estuvieran pisando las ancas!
La vieja rana se adelantó unos pasos y habló con claridad.
– ¡Señor, es que acabamos de enterarnos de que el sol va a casarse dentro de poco!
– Cierto, así es… ¿Algún problema?
– ¡Pues que eso no puede ser!
– ¿Por qué no? El sol está en edad de casarse y tener pareja ¡Se merece ser feliz igual que los demás!
La rana explicó la razón de su oposición.
– Verá, señor, todos le deseamos lo mejor a nuestro querido sol, pero usted sabe que durante los meses de verano sus rayos son abrasadores y eso provoca que muchos ríos y lagos se sequen.
– Bueno, eso ya sabes que son pequeños daños colaterales… ¡El verano es así!
– Ya, pero todos los años durante esa época gran parte del planeta se convierte en puro desierto y los animales no encuentran agua para beber y refrescarse.
– No te entiendo, rana. El cometido del sol es dar luz y calor… ¡Solo cumple con su trabajo!
– Sí, sí, pero ¿no cree que con un sol es suficiente? Si se casa tendrá hijos que crecerán y serán tan grandes como él ¿Se imagina que hubiera varios soles? ¡La tierra no soportaría tanta luz ni tanto calor y acabaríamos todos secos como pasas!
Júpiter cayó en la cuenta de que el verdadero temor de la rana era que el sol tuviera hijos y entendió su preocupación.
– Querida rana, tienes toda la razón, solo puede haber un sol. Tranquila, hablaré con él y pondré fin a este problema.
En cuanto se fueron las ranas, Júpiter mandó llamar al gran astro para explicarle la situación. El pobre sol lloró desconsoladamente al saber que no podría casarse jamás, pero comprendió que era por el bien de millones de plantas y animales que vivían en el hermoso planeta azul.
– La Tierra está llena de maravillosos seres vivos que existen gracias a mí ¡Jamás permitiría que nada malo les sucediera! Tiene mi palabra de que nunca me casaré ni tendré hijos.
Han pasado millones de años desde que sucedió esta curiosa historia y como tú mismo puedes comprobar, el sol sigue brillando sobre nuestras cabezas y envejeciendo en soledad.
Moraleja: A veces tomamos decisiones o hacemos cosas que pueden perjudicar a la gente que nos rodea. Ten siempre en cuenta que no estás solo en el mundo y que hay que pensar bien  antes de actuar.

¿Quién es el más hermoso?


Fábula ¿Quién es el más hermoso?


Adaptación de una antigua fábula de China

Hace cientos de años vivía en China un caballero llamado Zou Ji. Este hombre sabía que era muy guapo y se pasaba el día contemplándose en el  espejo para disfrutar de su propia belleza.
– ¡Ay, qué suerte tengo! Tengo un rostro delicado, un cuerpo esbelto y una gracia natural que llama la atención ¡La naturaleza ha sido muy generosa conmigo!
Su estilo y elegancia eran famosos en todo el reino, pero corrían rumores de que había otro hombre que podía competir con él en hermosura: un tal señor Xu, que vivía en otra ciudad al norte del país.
Una mañana una de las sirvientas llamó a la habitación de Zou Ji.
– Señor,  le recuerdo dentro de una hora tiene una cita en su despacho con un importante hombre de negocios.
– ¡Es cierto! Me arreglo y bajo a recibirlo.
Zou Ji se aseó, se vistió con sus mejores ropas, y como siempre, se encontró guapísimo.
Mientras  se repasaba de arriba abajo frente al espejo, preguntó a su mujer:
– Querida esposa, yo no conozco a ese señor Xu del que tanto hablan pero tú sí. Dime  ¿quién es más hermoso de los dos?
Su esposa le contestó inmediatamente:
– Tú, querido, por supuesto ¡El señor Xu es guapo pero ni en broma se acerca a tu belleza!
A Zou Ji le agradó mucho la respuesta, pero no se quedó conforme y decidió pedir una segunda opinión. Salió de su alcoba, bajó la escalinata de mármol que llevaba al despacho  y se cruzó con el ama de llaves, una mujer de confianza que llevaba más de veinte años trabajando en el hogar familiar.
El ama le deseó los buenos días con un movimiento de cabeza, sin detenerse.
– ¡Buenos días, señor!
– ¡Un momento, espera! Quiero hacerte una pregunta y por favor sé sincera conmigo.
– Usted dirá.
– Sé que tú también conoces al famoso señor Xu y necesito que me digas si él es más hermoso que yo.
La respuesta fue rotunda:
– Señor, no tenga dudas de ningún tipo ¡Usted es muchísimo más bello y atractivo que él!
Zou Ji agradeció el cumplido pero la duda siguió rondando por su cabeza mientras se dirigía a su despacho personal.
Al poco rato llamaron a la puerta. De nuevo, era la sirvienta.
– Señor, su invitado acaba de llegar.
– ¡Gracias, dígale que pase!
Zou Ji recibió al hombre de negocios con sonrisa afable y le invitó a sentarse en un cómodo sillón.
– Si no le importa, antes de meternos en temas profesionales quiero hacerle una pregunta muy personal.
– ¡Claro que no me importa! ¿Qué quiere saber?
– Sé que usted vive al norte del país como el señor Xu y que son amigos de la infancia.
– No se equivoca, así es.
– ¿Y según su opinión él es más hermoso que yo?
El caballero puso cara de sorpresa ante la estrambótica pregunta  pero contestó con seguridad.
– Por favor, no se preocupe por eso ¡Usted es muy hermoso, mucho más hermoso que él sin punto de comparación!
– Muchas gracias, me deja usted tranquilo. Ahora, si quiere, cuénteme qué le trae por aquí.
Pasaron tres días y la casualidad quiso que el señor Xu visitara la ciudad. La noticia corrió como la pólvora,  Zou Ji se enteró, y rápidamente corrió a contárselo a su esposa.
– ¡Querida, el señor Xu estará una temporada en la ciudad y quiero conocerlo! Le mandé  un aviso para que viniera hoy a comer a nuestra casa y ha aceptado gustoso la invitación.
– ¡Qué buena noticia, amor mío! Avisaré al servicio para que todo esté  listo a la una en punto.
– ¡Estupendo! Me voy arriba a emperifollarme un poco. Tengo que pensar bien lo que me voy a poner…  ¡Al fin voy a comprobar con mis propios ojos si yo soy más guapo que él!
El señor Xu se presentó muy puntual y el matrimonio salió a recibirlo. En cuanto Zou Ji lo vio ¡se quedó de piedra!
Se trataba de un muchacho guapísimo que derrochaba una elegancia innata imposible de superar. Sus dientes eran perfectos, tenía los ojos grandes de color verde esmeralda  y su piel parecía más suave que la mismísima seda ¡Por no hablar de que se movía de manera exquisita  como si sus pies flotaran sobre el suelo!
Zou Ji se sintió hundido en la miseria ¡Era evidente que el señor Xu era un tipo mucho más guapo y seductor que él!
Esa noche la decepción y la tristeza no le dejaron dormir.  Lo peor para él no fue comprobar que no era tan guapo como el señor Xu,  sino darse cuenta de algo mucho más importante y  en lo que nunca había pensado.
– “Mi mujer me dijo que yo era más hermoso que el señor Xu porque me quiere y se desvive por  agradarme; mi ama de llaves me dijo lo mismo porque tiene miedo de que la despida de su trabajo; el hombre de negocios que me visitó también me aseguró que yo era más bello porque me necesita para ganar dinero…
Zou Yi, entristecido, suspiró:
– ¡Qué difícil es conocer lo que realmente piensan los demás!
Moraleja: A todos nos gusta que nos digan cosas bonitas y lo fantásticos que somos, pero es bueno saber que hay personas que lo hacen solo por interés.  Desconfía de quien se pasa el día piropeándote y diciéndote que eres el mejor en todo. Tú sabes cuáles son tus virtudes, tus capacidades y tus límites, y lo importante es confiar en ti mismo y en lo que te dice el corazón.